Teclado izquierdo - Diáspora

El Río de la Plata es para mí un amor

y es una herida, bandoneón.

Vos no lo sabés: 

Te fabricaron en Alemania y un coleccionista 

gallego te guardó

ochenta años en tu cofre,

niño burbuja.

Evangelio apócrifo esperando a ser descubierto.

Dicen los clichés y los tangos viejos

que evocás ventanitas de arrabal y puñaladas,

milongas danzarinas y elegantes.

(Sucias y peligrosas, pero elegantes.)

Para mí sos otra cosa.

Sos mi abuela tomando mate en el salón,

tarareando

lástima bandoneón mi corazón

tu ronca maldición maleva

Sos reencuentros

despedidas en aeropuertos,

esperando que nunca se vaya ese olor a Uruguay de las valijas.

Sos A todos ellos, Nunca Más, Todos Somos Familiares.

Sos mi tía en Punta Rieles, mi viejo en el exilio.

Sos tres primos Nacional Uruguayo nacido en el extranjero

y una cuarta, montevideana, que ya no está,

no pudo.


Sos, para mí, más Nocturno a mi barrio que La Trampera.

Mi amor de adolescencia,

pólvora y vereda,

Caipiroska en la playa, vidrios en los pies,

Faisán en la canchita hablando rap,

hablando clown,

hablando post punk,

Stanislavski.


Sos la calle Llupes raya al medio y clonazepam.

Tambores en el aire

(como la humedad o las ganas de irse

o las ganas de volver

porque ni acá ni allá

ni tan lejos de las dos)

Documento apostillado.

Justificar la historia, el acento.

Mate en la sierra de Madrid

y soñarte oliendo

a ganado, bandoneón. A ganado.

Vos, tan enigmático,

tan complejo y expresivo,

tan todo lo que soy o quisiera, por favor, ojalá,

y a la vez tan escaso, tan caro, tan loco, tan inaccesible.


Cuando estoy en la península guardo el pasado.

Hago apología del tópico rioplatense,

pero apología superficial.

En el fondo fondo el recuerdo lo guardo

en el fondo fondo de un cajón de trastos

que nadie usa.

Y así las baldosas rotas, y el almacén,

y la placita y las viviendas

y el limonero y el Cutcsa

y las noches leyendo a Dolina en voz alta

no me duelen tanto.


Miraflores, nieve y chimenea.

‘Vuelvo a Buenos Aires, botija.

Me espera un ELA.

Vendo este fueye.

¿Lo querés?’


¿Cómo decir que no, bandoneón?

¿Cómo decir que no

si tras cuatro generaciones de diáspora

viniste a mí, fantasía,

como una esperanza,

por fin,

de arraigo?